6 de septiembre de 2011

Desdoblando la vida



Sentí un calor especial en la oreja y un pequeño tirón. Algo inexplicable, puesto que estaba sentada a la orilla de aquel regato al que tanto me gustaba ir a meditar. Allí no había nadie más. Últimamente algo extraño me estaba pasando. Tenía los sentidos a flor de piel y no era la primera vez que me pasaba algo similar. Recuerdo el otro día cuando de repente me salieron unas manchas azuladas en los dedos, así sin previo aviso. Quizá me estaba volviendo loca, pero prefería no comentarlo con nadie.

Casi todos los días, a primera hora de la mañana cuando se confunde la luz con la oscuridad, algo me sobresaltaba, era como una llamada lejana, de una obligación. Miraba hacia la ventana y si veía algo fuera de lo normal en el exterior, eso quería decir que ya todo se había acabado y que quedaban pocas horas. Pero al día siguiente todo volvía a la normalidad, esa normalidad del campo. No había prisas, ni demasiadas obligaciones, los problemas parecían resolverse solos.

Miraba las cosas que me rodeaban y me eran familiares, la caja de nido en el nogal, las nueces con su verde cáscara madurando, la abeja que adorna esa esquina, junto al pozo. Las manzanas que este año venían semipodridas, quizá por descuidarlas. Todas las florecillas y plantas de mi jardin me indicaban que la vida me sonreía, que no debía preocuparme.



Sin embargo algo me hacía presentir que no todo era tan fácil y ese desasosiego no me dejaba dormir.




 
 



El calor del secador se hacía casi insoportable, sobre todo si pasaba tan cerca de la oreja. Mi pelo se resistía. Intentaba evadirme pensando en el sonido del discurrir del agua por un regato. Necesitaba esa tranquilidad que ofrece el campo, ni siquiera en los ratos que podía pasar pintando se me quitaba esa angustia. Me miraba los azules de mis manos principalmente de ultramar, aunque también de índigo, incluso parecían manos con una rara enfermedad.



Casi todos los días, cuando empieza a amanecer y está próximo el sonido del despertador, algo me sobresaltaba. Miraba a la ventana y observaba el exterior, a veces veía cosas extrañas, el exterior era otro muy diferente. Esto parecía indicarme que todo se había acabado y que quedaban pocas horas. En ese inquieto duermevela sonaba definitivamente el despertador con su insistente reclamo. Nacía el día para dedicarlo a las obligaciones impuestas, a ese nivel de inquietud, de falta de tiempo, de no poder con todo. Un sobresalto tras otro, algunos de difícil solución.



En mi camino hacia el trabajo miraba las cosas que me rodeaban y me eran familiares, las obras de la carretera inacabables, el intenso tráfico matutino, el servicio de limpieza municipal, los primeros escolares. Acudían a mi los pensamientos y preocupaciones que no había digerido todavía.



Sin embargo algo me hacía pensar que podía haber una vida más fácil de llevar y con menos preocupaciones.
 



 

4 comentarios:

  1. Excelente!!!
    Me encantó!!!!
    Cariños.
    Lau.

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  2. Bonito post,las fotos fantasticas y el texto mejor aun.A todos se nos hace dura la vuelta a la rutina,pero no es tan mala...saludos !!!

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  3. Eres una experta en el tratamiento digital de la fotografía, que has acompañado de un buen texto.
    Saludos

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  4. bueno, poco a poco vamos aterrizando por blogger...........un saludo

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